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Nací en Logroño por circunstancias de la vida, como les ocurrió a muchos niños de mi generación. Pero siempre he dicho, y siempre diré, que soy de Alesanco.
Mis padres eran de Alesanco, allí me crié y allí transcurrió gran parte de mi infancia. Por eso me siento y me sentiré siempre aleixanquino.
Quizá por haber crecido en un pueblo, en una época muy diferente a la actual, desarrollé desde muy pequeño una imaginación especialmente grande. Mis padres me tuvieron ya mayores y yo era el pequeño de mis hermanos. Cuando ellos jugaban conmigo, lo hacían siempre que podían, pero también tenían sus propias vidas y sus propias obligaciones. Así que muchas veces tuve que inventarme mis propios juegos.
Y cuando no tienes todo lo que tienen hoy los niños, tienes que fabricar aquello que necesitas con lo que encuentras.
Ahí empezó todo.
Mi padre tuvo mucho que ver en mi manera de entender el mundo. Era un hombre muy ingenioso y práctico. Todo lo que tenía alrededor podía tener una utilidad. No se trataba solamente de reparar cosas, sino de buscarles una nueva posibilidad.
Esa forma de pensar la heredé de él.
El bricolaje, la albañilería, la mecánica, inventar soluciones y aprovechar materiales forman parte de mi manera de hacer las cosas. Siempre he tenido la necesidad de mirar un objeto y pensar: «¿Y esto para qué podría servirme?».
De niño, esa forma de pensar se convertía en juegos.
Hay una anécdota que todavía me recuerdan algunos amigos. Yo quería convertir un antiguo carro de arrastre de animales y una trilladora de las de antes en un helicóptero. Mis amigos alucinaban conmigo. Y es que, aunque evidentemente nunca llegué a construir aquel helicóptero, en mi cabeza ya existía. Yo simplemente tenía que ir buscando las piezas.
Quizá ahí ya estaba, sin saberlo, una parte del escritor que sería muchos años después.
Porque mi imaginación siempre ha funcionado de esa manera: primero aparece la idea y después intento encontrar la forma de hacerla realidad.
Otra de mis grandes influencias fue el cine.
A mi padre le encantaba. Siempre que podía, bajaba a Nájera y disfrutaba de las películas. Y cuando tuvo la oportunidad de acercarnos el cine a los niños los domingos, gracias también a nuestro profesor, aquellas películas se convirtieron en otra ventana hacia mundos que estaban mucho más allá de Alesanco.
Mi profesor Félix también forma parte importante de esa historia. Fue una de esas personas que dejan una huella en alguien sin saber hasta qué punto lo hacen.
Siempre me decía que yo estaba en el Olimpo.
Y nunca se lo he negado.
Porque, en cierto modo, era verdad. Yo estaba en mis mundos.
También gracias a él empecé a escribir poesía en *El Collarón*, una revista de Alesanco que puso en marcha junto a su mujer, Pilar. A los dos les guardo un recuerdo muy especial y siempre agradeceré aquello que hicieron y la influencia que tuvieron en mi vida.
Desde entonces, la escritura nunca desapareció.
Durante muchos años fui acumulando textos, ideas, personajes e historias. Algunas las terminé y otras quedaron olvidadas durante mucho tiempo. Antes estaban sobre el papel; después pasaron al ordenador. Pero seguían ahí.
Esperando.
Hasta que llegó el momento de recuperarlas.
Mi vida profesional también ha sido bastante variada. He trabajado como perito, como bisutero de joyería y como mecánico, y estudié y me formé como técnico de mecanizado. Son caminos aparentemente diferentes, pero todos han dejado algo en mí.
Porque creo que todo lo que vivimos termina formando parte de aquello que somos.
Y quizá por eso también escribo de una manera un poco particular.
Yo no escribo pensando primero en las palabras.
Primero veo una película.
Las escenas aparecen en mi cabeza. Veo los personajes, los lugares, los movimientos, las expresiones, lo que ocurre y lo que podría ocurrir después. Veo imágenes.
Y entonces intento traducir esa película que tengo en la cabeza a palabras.
Algunos escritores escriben un libro y después imaginan cómo podría convertirse en una película.
Yo creo que hago el camino contrario.
Primero veo la película en mi cabeza y después intento convertirla en un libro.
Por eso me gustan los capítulos cortos, que avancen, que ocurran cosas y que lleven al lector de una escena a otra. Me gusta que la historia tenga movimiento.
Mis géneros principales son la fantasía, la ciencia ficción y la distopía. Me atraen especialmente las historias apocalípticas y aquellos mundos en los que las cosas no son exactamente como las conocemos.
Pero tampoco me gusta poner demasiadas fronteras. Dentro de una historia puede haber aventura, misterio, romance, humor o cualquier otro elemento que ayude a contarla.
La imaginación es mi punto de partida.
Y sigo cultivándola hoy, con 57 años, igual que cuando era niño.
Porque nunca he entendido que cumplir años tenga que significar dejar de imaginar.
Al contrario.
Creo que la imaginación de un niño de hoy es la genialidad y la creatividad de un mayor del futuro.
Todo lo que tenemos a nuestro alrededor y que hoy disfrutamos nació, en algún momento, de la imaginación, de la genialidad o de la creatividad de alguien. Nada aparece de la nada.
Primero alguien lo imaginó.
Después alguien encontró la manera de hacerlo realidad.
Y esa es, probablemente, la manera en la que yo he vivido siempre.
Primero imaginando.
Después buscando cómo hacerlo.
Y ahora también escribiendo.
*El despertar* es mi primer libro publicado, pero no representa el principio de mi imaginación. Esa empezó muchos años antes, en Alesanco, cuando un niño tenía que inventarse sus propios juegos y podía mirar una vieja trilladora y pensar que algún día podría convertirse en un helicóptero.
Quizá aquella máquina nunca llegó a volar.
Pero la imaginación de aquel niño sí.
Y todavía sigue volando.
### Mi objetivo
Después de tantos años escribiendo, he llegado a un momento de mi vida en el que he decidido sacar mis obras del lugar donde han permanecido durante tanto tiempo y enseñárselas a los demás.
Y para hacer eso también he tenido que reunir algo que no siempre es fácil: valentía.
Porque enseñar lo que uno ha creado significa aceptar que puede gustar, que puede no gustar, que puede ser criticado o que quizá pase desapercibido.
Y estoy dispuesto a aceptarlo.
No escribo principalmente por una cuestión económica.
Escribo porque no quiero que todas esas historias, todos esos personajes y todas esas ideas que he ido creando a lo largo de mi vida se queden perdidos en el olvido.
Siempre he pensado que hay una forma de permanecer en el tiempo: crear algo que otros puedan seguir leyendo, viendo o recordando cuando tú ya no estés.
¿Quién no conoce a Cervantes?
¿Y cuánto tiempo hace que Cervantes ya no está entre nosotros?
¿Quién no conoce a Unamuno?
Sin embargo, seguimos hablando de ellos, seguimos leyendo sus obras y seguimos aprendiendo de lo que dejaron.
Eso es lo que yo busco.
No pretendo compararme con ellos. Sería absurdo.
Lo que pretendo es dejar algo mío.
Quiero dar a conocer lo que hago. Quiero saber si gusta. Quiero escuchar a quien lo lea. Quiero aprender de las críticas y de los aciertos. Quiero moldearme, mejorar y evolucionar.
Quiero seguir escribiendo.
Quiero que mis historias lleguen cada vez a más personas.
Quiero que alguien disfrute leyendo una de mis obras.
Quiero que alguien hable de ellas.
Y, sobre todo, quiero seguir teniendo la curiosidad y la imaginación necesarias para crear otras nuevas.
También hay algo que para mí tiene una importancia especial.
Quiero que mis obras lleven conmigo un pequeño pedazo de Alesanco, de Logroño, de La Rioja, de España.
Me gustaría que aquello que nació en un pequeño pueblo pudiera viajar mucho más lejos.
Que alguien, en cualquier lugar del mundo, pueda leer uno de mis libros y descubrir que detrás de esa historia hay un escritor de Alesanco.
Si algún día consigo que mis obras sean conocidas fuera de mi tierra, sentiré que también he conseguido llevar un pequeño trozo de ella conmigo.
Ese es mi objetivo.
No ser famoso por ser famoso.
No escribir únicamente para ganar dinero.
Quiero crear.
Quiero aprender.
Quiero mejorar.
Quiero enseñar lo que hago.
Quiero que otros disfruten.
Quiero que mis historias viajen.
Y, sobre todo, quiero que aquello que durante tantos años vivió solamente dentro de mi imaginación no termine desapareciendo conmigo.
Quiero dejar algo.
Algo que, cuando yo ya no esté, todavía pueda hacer que alguien abra un libro y encuentre dentro de él una pequeña parte de Domingo del Hoyo López.